martes, 20 de septiembre de 2011

Tercer encuentro (Semana Bíblica): Dichosos los mansos y los misericordiosos


En este tercer encuentro de la 18a Semana Bíblica se nos proponen dos bienaventuranzas: "Dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra" y "Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia".  En este mes dedicado a la Palabra de Dios, queremos acercarnos a ella.  Estamos siguiendo el esquema y textos propuestos del siguiente material (éstos se han resumido y adaptado para esta Semana Bíblica Virtual): Equipo Nacional de Biblistas, CENECAT (Centro Nacional de Catequesis). 2011. 18a Semana Bíblica: Las Bienaventuranzas (Mateo 5: 1-11).  CENECAT, Costa Rica, 58 p.

Nos escuchamos

Vamos a escuchar tres palabras.  Estas palabras nos van a traer alguna imagen o provocarán alguna sensación.  Las podemos ir repitiendo varias veces en silencio y con los ojos cerrados, ¿qué significan, qué generan en nosotros?.  La primera es: MANSEDUMBRE.  La segunda palabra es HUMILDAD.  La tercera es MISERICORDIA.

Escuchamos la Palabra de Dios

Invocación al Espíritu Santo


Encendemos una vela

Leemos lentamente:

Dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra...

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 4.7)

Vamos más a fondo

La bienaventuranza de los mansos, que poseerán en herencia la tierra

¿Quién es el "manso"? Consideramos que una persona es mansa porque es bonachona, pasiva y no reacciona ante las agresiones.  Y más bien, el manso es una persona impulsiva que ha aprendido en la fe a encausar sus impulsos.  Diríamos que ha aprendido a autocontrolarse.  Según el Salmo 37, 11 (en la traducción al griego en la que se apoya el Evangelio de San Mateo), "mansa" es aquella persona que , contrario a la persona "malvada", no descarga su violencia con palabras y acciones.

Por lo tanto, el manso es una persona que no abusa del poder que pueda tener (Mt 20, 24-28), no impone por la fuerza sus intereses o puntos de vista, sabe encauzar sus emociones, tendencias y deseos (Mt 5, 27-30), sabe enfrentar el conflicto, particularmente si ella es la víctima (Mt 5, 38-42), tiene aceptación de las diferencias de los demás y sabe valorar a los demás.

La mansedumbre posibilita la construcción de la hermandad y la vivencia de la comunión, porque da pie a relaciones interpersonales de aloración y respeto mutuo y solidario.  Jesús es modelo de mansedumbre por excelencia (Mt 11, 29; 21, 5-11).  Y el que asimila su estilo de vida, se hace como Él, una persona libre y liberadora, capaz de "heredar la tierra", ese espacio en el que el proyecto del Reino de Dios se realiz y concreta como comunidad solidaria y de hermandad.  Solo los mansos pueden formar verdadera familia y comunidad.

También podemos traducir y ampliar el término "manso" como "humilde", en consonancia con la primera bienaventuranza ("bienaventurados los pobres").  La humildad aparece como la primera bienaventuranza en algunas traducciones de la Biblia, mientras que otras versiones la consideran segunda. Consideraremos, además, la humildad como la primera bienaventuranza.

A menudo, tenemos una concepción equivocad de la humildad.  Pensamos que ser humildes consiste en vivir la vida considerándonos muy poca cosa y sintiéndonos menos valiosos que los demás.  Es erróneo considerarnos "nada", pues la verdad es que somos hijos de Dios.

La palabra "humildad" procede de la voz latina "humus", "humilis", que significa "tierra".  La persona humilde es la que tiene "los pies en la tierra", la que se esfuerza por verse a sí misma, a los demás y al mundo como verdaderamente son, y no como le gustaría que fueran.  Humilde es quien sabe verse realmente a sí mismo, para discernir en qué debe aceptarse y en qué debe cambiar de estilo de vida.  De allí que la persona humilde es realista en el propio conocimiento propio y de los demás goza de la virtud de la autoestima personal.

La humildad implica la verdadera sabiduría (Prov 11,2); por eso la Escritura invita a buscarla (Sof 2,3; Eclo 3,17-29).  La mejor escuela donde se puede aprender la humildad, es en el compromiso a favor de los pobres.  A lo largo del Evangelio, en especial, el Evangelio de San Lucas, los pobres, los pecadores y los pequeños aceptan y reciben el mensaje del Reino.  La viuda (ver Lc 18, 1-8), modelo de mujer pobre y desamparada, recibe respuesta a su necesidad.  El publicano (ver Lc 18, 9-14), ejemplo palpable de pecador, obtiene el perdón de Dios.  Y los niños (Lc 18, 15-17), que son modelos bíblicos del aquel que es débil e indefenso, son los preferidos del Reino.  Pero el corazón orgulloso es impermeable a la ternura de Dios.  Así lo muestran el fariseo, ejemplo de persona que se "paga" a sí misma (ver Lc 18, 9-14), y el joven rico, a quien el dinero le impidió optar por el Reino de Dios (Lc 18, 18-30).

Por eso, en el fondo de todo esto, "manso" y "humilde" es lo mismo que "pobre", "necesitado", "pequeño", los que aceptan con mansedumbre su situación de pobre, en el sentido que vimos de esta palabra en las bienaventuranzas.  De allí que "heredarán la tierra", expresión sinónima que es "recibir en herencia el Reino de los Cielos", de la primera bienaventuranza.

Una breve meditación de Benedicto XVI en el libro "Jesús de Nazareth" nos la presenta el sacerdote diocesano de Málaga, España, Pbro. Gonzalo Martín.


La bienaventuranza de los misericordiosos, que alcanzarán misericordia

En esta bienaventuranza, la palabra griega usada (eleo) se refiere tanto a la compasión como la misericordia, y designa los actos concretos que nacen motivados por el sentimiento ante el sufrimiento de los demás.  Por tanto, ser misericordioso equivale a "practicar la misericordia" y no solamente sentir compasión.  La "misericordia" se hace concreta y visible.

San Mateo, al hablar de la misericordia, refiere a dos actitudes principales: disposición a perdonar y motivación para ayudar a los demás.  La misericordia es el atributo primordial de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 34,6; Os 6,6; Sal 145, 8-9).  en el Nuevo Testamento, Jesucristo proclama constantemente la misericordia: con sus palabras, que explican sencillamente su doctrina; con la actuación de toda su vida, que llega a una culminación que sobrepasa todos nuestros esquemas mentales.  Las parábolas del buen samaritano (Lc 10, 25-37) y la del Juicio Final (Mt 25, 31-46).

Misericordiosos, en griego "eleémones", viene la palabra "limosna", que es compartir aunque sea un poco los propios bienes.  La limosna buscaba superar las separaciones socio económicas entre las personas.

La lección de esta bienaventuranza es que la misericordia de Dios es un ejemplo por seguir.  Si queremos que Dios sea misericordioso con nosotros, tenemos que ser misericordiosos con los demás, hasta con nuestros enemigos.  Puesto que la misericordia no es un simple sentimiento, sino una práctica que apunta a compartir con el necesitado, ser solidario con el débil, a perdonar, a servir con disponibilidad, solidaridad y compromiso eficaz al prójimo.

La misericordia es realista y nos ubica en medio de las personas concretas, con nombres y apellidos, cuyas vidas tocan la nuestra.  La bendición final por haber ejercido toda clase de misericordia, es el glorioso cumplimiento de esta bienaventuranza sobre cada cual (Mt 25, 34-40).

Ahora bien, no debemos confundir la "misericordia" con la "lástima".  La misericordia es una virtud cristiana, mientrs que la lástima puede ser simplemente la manifestación externa de nuestra sensibilidad.  La lástima indica que el padecimiento del prójimo nos afecta o nos "revuelve" las entrañas, pero no provoca la decisión de ayudar de manera eficaz a quien padece.

En cambio, cuando experimentamos la misericordia, se conmueve nuestro corazón ante el padecimiento ajeno, pero, además, adquirimos el compromiso de subsanar el sufrimiento del hermano.  Por eso, la parábola del buen samaritano de Lucas (10, 25-37) es toda una verdadera catequesis sobre la misericordia.  El sacerdote y el levita encuentran al hombre malherido y maltratado, sienten lástima por él, pero no actúan para aliviar su dolor.  El samaritano también siente cómo sus entrañas se conmueven, pero, además, se acercó, le vandó las heridas (...), lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él (Lc 10,34).

El samaritano ejerce la misericordia utilizando los medios de los que dispone.  Cosas sencillas: aceite,y vino para curar las heridas, dos denarios al encargado de la posada para cuidar al herido (un denario equivale al sueldo de un día de trabajo).  El samaritano socorre al herido con los medios que tiene y no con los que desearía tener.  La misericordia no implica siempre acciones heroicas, pero exige poner a disposición del prójimo aquello con lo que podemos ayudarlo.

Escuchamos la invitación de la Palabra

¿Qué novedad descubrimos en estas bienaventuranzas? ¿A qué nos invita Jesús por medio de ellas? ¿En mi vida diaria cómo se traduce?

Oramos

Salmo 135


Canto: Manso y humilde - Dominus



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